¿Estamos enseñando a comprender… o también a cuestionar lo que leemos?
En un contexto saturado de (des)información, se necesitan lectores con capacidad para discriminar en qué confiar. En este escenario, la vigilancia epistémica permite evaluar lo que se lee atendiendo a quién lo dice, con qué intención y sobre qué base. Así, la actividad de leer deja de ser pasiva para convertirse en un proceso en el que el lector examina, contrasta y regula su propia aceptación de la información.
Esta conciencia crítica toma asiento en tres pilares fundamentales: evaluación de la fuente (¿es fiable?), evaluación del contenido (¿es coherente?, ¿está fundamentado?) y evaluación de la intención (¿qué pretende comunicar?).
La vigilancia epistémica no surge de manera espontánea. Aunque algunos estudios han sugerido que ciertos mecanismos de alerta aparecen tempranamente, otros muestran que muchos estudiantes en secundaria presentan dificultades para discriminar la calidad de la información que leen. Nuestra comprensión está atravesada por creencias previas, experiencias y sesgos. Es más fácil, por ejemplo, aceptar aquello que encaja con lo que ya pensamos (sesgo de confirmación) que considerar información que cuestiona nuestras ideas o sobre la que no disponemos de suficientes elementos para evaluarla.
Por ello, uno de los desafíos clave en la educación es enseñar a leer para cuestionar, contrastar y justificar. Comprender un texto no consiste únicamente en entenderlo, sino también en preguntarse por qué deberíamos creer en lo que dice.
Formar lectores competentes implica, cada vez con mayor urgencia, formar lectores capaces de distinguir entre lo plausible y lo verdadero, entre lo convincente y lo bien fundamentado.
